Entrevista a Eduardo Martínez de Pisón (Revista de Occidente)

(Entrevista publicada en Revista de Occidente, nº 474, noviembre 2020)

Eduardo Martínez de Pisón: «El paisaje aparece como una proyección de quien lo mira»

Javier Redondo Jordán

Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937) es, sobre todo, un observador lúcido del paisaje, desde las sierras silvestres hasta los picos nevados, de los ríos a los mares, de los desiertos de arena a los de hielo, de las playas a los volcanes, de los bosques a las cuevas, de lo afín a lo confín. De esta vocación han surgido, de una u otra forma, todos sus afanes en la vida: es escritor, viajero, montañero, defensor de la conservación paisajística, documentalista, dibujante y especialista en Geografía Física, sobre la que ha enseñado, investigado y publicado abundante bibliografía, tanto técnica como divulgativa, durante seis décadas. Su labor incansable le ha valido no pocos galardones, entre los que destacan la Medalla de Plata de la Comunidad de Madrid y la Cruz al Mérito Medioambiental.

Esta entrevista, realizada durante las últimas etapas del confinamiento por la crisis sanitaria del coronavirus, trata de hacer justicia a la talla intelectual de un hombre de letras y de tierra.

―¿Cómo afronta el confinamiento al que nos ha obligado la pandemia alguien que ha dedicado su vida a la teoría del paisaje, a la literatura de viajes, al ascenso de las montañas y a la búsqueda tenaz del horizonte?

―Mis circunstancias personales en estos momentos me han exigido una particular respuesta, sobre todo de orden espiritual. Estas condiciones impregnan así toda mi experiencia, de modo que el resto de los factores comunes (soledad, aislamiento, confinamiento, drama universal, amigos y familiares afectados por la pandemia, precaución), con ser tan fuertes y dolorosos, están además teñidos por la fuerza de mis propios sentimientos en estos momentos.

Es cierto, también, que he añorado intensamente los paisajes que me son habituales, las montañas en concreto, pero igualmente los de la costa cantábrica, relacionados éstos de forma directa con esas circunstancias. Serán paisajes, desde ahora, para la soledad. Tras este lapso de tiempo entre paredes sé que no recuperaré nunca ―por ejemplo, mirar al mar o ir a un bosque o ver un pico― lo que ese mundo ha sido durante muchos años para mí. Salgo de un episodio de tres meses sin paisajes y no sé si, en mi retorno, los volveré a encontrar aunque sigan ahí, si mi mirada los sabrá recobrar. Sé que no como los dejé. No por ellos, sino por mí. Será, pues, una prueba especialmente sensible ese regreso al paisaje.

Por otra parte, quien estudia y escribe está acostumbrado al retiro, al encierro incluso, como única manera o bien de aprender de los libros o de lograr hacer uno nuevo. Esta experiencia de retiro, en sí misma o en general, no me era, por tanto, nada desconocida, aunque compaginada con un importante impulso vital y fuente de inspiración en mi caso, como es el viaje o la estancia en la naturaleza. Y, claro está, tal circunstancia no venía impuesta ni por pandemias ni por normas, sino que era elegida por mí. Me gusta leer, me gusta escribir, también dibujar, estar en casa con quien quiero estar. Sé gozar en el retiro, en la soledad, en casa o en el campo, y lo consigo más que entre multitudes. Tal vez este hábito haya podido servirme para aguantar estos meses, pues he leído y escrito como remedio a la tristeza y a la ausencia.

Pero esto es tan distinto: un peligro mortal impalpable te arrincona entre tus semejantes, una cosa microscópica envuelta en grasa ha elegido al género humano para diezmarlo, ha atacado a quienes conoces, matado a decenas de miles de compatriotas y se resiste a marcharse en plena confusión de gobernantes y gobernados. La solución que se nos recomendó inicialmente a los viejos para no morirnos era quedarnos escondidos, tomar gelocatil, tisanas y ponernos una mascarilla de trapo. Echo de menos mis horizontes, claro, pero estoy mucho más afectado por el dolor propio y ajeno y por el desconcierto.

―La manera de viajar ha variado a lo largo de la Historia. Usted ha vivido el cambio cualitativo en la forma como se viajaba desde mediados del siglo XX hasta doblar el siglo XXI. ¿Cree usted que tras esta pandemia volveremos a viajar, no sólo a nivel práctico sino también filosófico, en las mismas condiciones que hasta ahora o se perderá algo por el camino?

―A mediados del siglo pasado viajábamos poco. Para empezar, yo era joven y con escasos recursos para hacerlo. Además, las costumbres extendidas al respecto en la sociedad eran más sedentarias que viajeras. Y las condiciones reales del entorno, materiales, políticas, económicas, técnicas y hasta las ideas reinantes no lo favorecían. Había buenos modelos, expedicionarios incluso, fuera, como las sucesivas conquistas de montañas de ocho mil metros en los años cincuenta. Pero pronto nos fuimos incorporando a esa corriente y así, por ejemplo, la primera expedición alpinista española oficial, que se dirigió a los Andes, tuvo lugar en 1961; por esas fechas, más o menos, hice mi primera visita a los Alpes. Pero había dificultades evidentes en el mismo sistema: a finales de los cincuenta, para recorrer el área fronteriza del Pirineo ―sin traspasar el límite― era necesario obtener un salvoconducto, lo cual requería poseer previamente un certificado de buena conducta, y tal documento era obligatorio presentarlo en la montaña a la autoridad local. Frenos había, por tanto, de diverso tipo.

Como el mundo rural en España guardaba entonces sus caracteres tradicionales, lo que te encontrabas al internarte en él era arcaico, pero dotado de una fuerte personalidad en paisajes, poblamientos y gentes, fuerza y estilo que en gran medida se han borrado hoy. Y los espacios de dominio natural eran apartados, solitarios, silenciosos, amplios; no había la información que hoy existe, lo que los hacía más misteriosos. Tenían, incluso cerca de casa, el don impagable de lo remoto. El confín estaba al lado, junto a Madrid o al lado de Oviedo, y ahora se ha ido a lo más lejos posible del Globo. Lo cual te satisfacía y parecía que podías encontrar el polo en el Moncayo o el Canadá en Ansó. En este sentido, se requería una decisión personal para viajar. No te enganchabas precisamente en una corriente. Tuve mucha suerte de recorrer un mundo que era así, tan amplio, bello e intenso.

En fin, las cosas han cambiado mucho, unas para bien como la adquisición de libertad, aumentos de prosperidad en lugares que necesitaban progreso, extensión del espíritu viajero o tener el mundo a tu alcance casi sin esfuerzo, etc., pero otras no tanto, como pérdidas de personalidad de los espacios geográficos, masificaciones turísticas y, en consecuencia, huida de los confines y sus genios a lugares cada vez más apartados y escasos. Al menos hasta la pandemia, crecían los turistas y menguaban los viajeros.

No sé qué puede ocurrir tras el paso del virus, si es que pasa. Todo se paralizó; hasta hace unos días no podías ir más allá de un kilómetro de tu casa, en solitario y únicamente a unas horas determinadas, con mascarilla, guantes y el miedo en el cuerpo. Muy poco a poco se van abriendo algunos horizontes, pero a partir de tan exiguo radio: ayer el municipio, hoy la provincia, mañana la comunidad. Todavía ir a Zaragoza en el AVE desde Madrid es una utopía. ¡Qué lejos queda ir a reconocer las montañas del Kirguistán como algo normal! Y fue hace poco más de un año.

Un problema lo crearán las condiciones sanitarias para moverse sin contagiar ni contagiarse. El negocio turístico, tan potente, reclama un retorno a sus mecanismos que se sustancian en movimientos masivos de personas y de ello dependen desde puestos de trabajo hasta economías nacionales. Por eso, a lo que se aspira en gobiernos, empresas, trabajadores, trenes, automóviles, líneas aéreas y ociosos, es a su reimplantación. Volver a donde estábamos.

En cuanto al viajero, está lógicamente inserto en esa misma red de canales, porque ―aunque se mueva con decisiones personales, con otros criterios, métodos y objetivos― se traslada, pernocta y come en ellos, salvo que navegue en solitario, esté en un glaciar del Himalaya, perdido en una jungla o bailando con lobos.

Volveremos a emprender el camino, claro que sí. Y, como el prisionero del castillo de Chillon del poema de Byron, sonreiremos tal vez ante el paisaje tras el luto del encierro. Pero algo ha cambiado más en el fondo. Por un lado, la generosidad explícita, patente, de muchas personas con sus semejantes dolientes es una muestra de grandeza que la prisa o el fárrago anterior ocultaban. Por otro, no sé si quedará imborrable una sensación de hermandad entre las gentes, al haber comprobado ante la aguda evidencia del peligro común que somos en todo el mundo iguales e interrelacionados. Puede que, con este pensamiento, ya no vayas tanto en busca de lo otro como de ti mismo.

―Una de las consecuencias de la pandemia es, precisamente, el miedo al otro por un posible contagio. El turista podría definirse como un viajero temeroso del mundo y por eso necesita asideros en los que apoyarse y protegerse. ¿Habrá acabado el coronavirus con los pocos viajeros que quedaban para volvernos a todos turistas?

―Hoy he estado en la Sierra. Tengo permiso como montañero federado. No me lo conceden por una conveniencia de salud ni por una necesidad espiritual. El permiso es para «entrenar»: son los desvíos del mundo que vivimos. He subido por el Arroyo de la Umbría hacia la Sillada de Garcisancho, por lugares retirados cuyos nombres suenan a versos del gran poeta Enrique de Mesa. He entrenado mi espíritu. Como una ironía, el entorno parecía recuperar elementos de los años cincuenta. Aunque por motivos bien diferentes, la Sierra era otra vez hoy la única montaña accesible para los excursionistas de la villa. Y, por otro lado, el monte ―como antaño― estaba prácticamente vacío.

Las restricciones sanitarias nos han llevado a que se abran terrazas de bares y se cierren parques y espacios naturales, lo que otros explicarán mejor que yo. Sin embargo, ahí estaba la montaña, extraordinariamente fragante en esta primavera dulce, tan regada en semanas anteriores, luminosa, plagada de pájaros, florida, con una vegetación que parecía estirarse en la tranquilidad del mundo sin hombres.

Me ha parecido que estaba en tierra saludable. Fuera de las multitudes que han sido calificadas de insalubres y han dado lugar al confinamiento y la consiguiente inmovilidad. Era lugar sano. Un cuadro de la naturaleza ―rocas, flora, fauna, paisajes y cielo azul de Castilla― que te admitía en su interior preservado. He estado, así, en lugar descontaminado, reservado en las alturas. Un espacio sin mascarillas ni ataúdes. He llegado para ver una belleza que me ha dado la impresión que esperaba unos ojos que la mirasen. He reconocido allí mis parajes y me he reconocido en ellos. Los he nombrado, he atravesado sus arroyos, he respirado un aire que no es letal, he descansado apoyado en el tronco blanco de un gran pino caído y he visto a su lado nuevas generaciones de árboles, ahora con pocos centímetros, que buscarán ser tan gigantes como lo fue aquel tronco. Todo rueda y sigue, con el esplendor de la naturaleza. No he tenido recelo.

Luego volví, naturalmente (una vez «entrenado»), al nivel de las mascarillas. Todo se recobra: coches, atascos, prisas, gases, el imperio expansivo de lo urbano. También gentes buenas, afectos, compañía, condolencias, enfermos, política, libros, cuadros, alegrías, tristezas, amor y muerte. Entre los cuales igualmente me reconozco, gozo y sufro. El terreno de mis queridos seres humanos. Os deseo sanos, pero si viajo es también por vosotros y entre vosotros, porque tengo amigos por todo el mundo o porque quiero tenerlos y mirarnos entre nosotros. No me interesa otro modo de viajar. Y, respecto a los peligros ―ahora la pandemia, pero hay muchos más―, hay un cuento precioso del escritor francés Daudet sobre una cabra que prefería el riesgo del lobo a la seguridad del corral. Podemos (o debemos) sentirnos retratados.

―¿A qué edad se despertó en usted la curiosidad por viajar? Dado que recientemente ha publicado Geografías y paisajes de Tintín. Viajes, lugares, dibujos (Fórcola, 2019), ¿tuvieron algo que ver las lecturas infantiles?

―Mi infancia se remonta a los años cuarenta del siglo pasado. Conocí los tebeos de Tintín más tarde, inicialmente en francés y luego en su edición traducida, más fácil de obtener. De modo que mi afición a este cómic es algo tardía y se prolonga hasta hoy, pues no decae en segundas y terceras lecturas, sino que aumenta en interés. No en todos los autores leídos con entusiasmo en etapa infantil y juvenil ocurre lo mismo, pero, cuando pasa, es que algo hay con entidad en aquellos libros. En esto de las viejas lecturas me muevo en el espíritu de La infancia recuperada de Savater, donde tan acertadamente decía que todos los cuentos son coetáneos, de la Odisea a La isla del tesoro, cuyas narraciones como tales están fuera del tiempo.

Desde luego, las lecturas influyeron entonces mucho en mis ilusiones por conocer el mundo, pero también el cine, tan expresivo, y algunas excursiones familiares a la naturaleza. Pasaba largos veranos en el campo y en él revivía a mi modo a Salgari, a Kipling o a Verne. Una acequia pasaba en mis juegos a ser el Orinoco, un cuervo un cóndor, un pinarillo la selva, un cerro el Popocatépetl y un lagarto una criatura extinguida del mundo perdido. Iba así de una emoción a otra, del paisaje a la literatura y vuelta. Además de mis propios libros ―porque empecé temprano a reunirlos―, había en aquel pueblo una biblioteca maravillosa de unos vecinos, que tenía en sus estantes todas las obras de Tarzán y de Karl May en preciosas ediciones de preguerra con tapa dura: me absorbieron allí, en la rotundidad del campo de Castilla, las junglas, los desiertos y los espacios salvajes del Oeste.

Creo que llegaron a la vez o quizá después los lugares y las historias de Curwood, Cooper, Stevenson, London y Scott, al tiempo que iba conociendo en mi entorno más regatos, pinares y colinas. Llegó a casa de un amigo de mi edad a pasar una temporada un tío suyo que era misionero en el Amazonas y nos contaba historias formidables de la selva y los indígenas; hicimos los tres una excursión por los páramos próximos, un paisaje de Delibes, atravesamos descalzos el río, nos adentramos por las repoblaciones forestales, trepamos por cuestas pedregosas y, al atardecer, tras muchas horas de marcha con las alpargatas destrozadas, cantamos a voz en grito para espantar a los lobos. Llegamos a casa de noche, eufóricos, con las familias angustiadas. Sé bien que ahí empecé a sentirme viajero. ¡Aquel ánimo que tantas veces ha vuelto!

Sí, los libros han influido mucho en mi vida, en todo. Amo los libros. Pero entre mis colecciones infantiles debo destacar, primero, como una de las preferidas, a Guillermo Brown, sus aventuras, su modo de ser y el fabuloso humor de su autora; además, los tebeos, sin los que tal vez no hubiera nacido mi afición a dibujar. Es complicado hacer un balance que responda a tu pregunta con precisión, pero la lectura ―naturalmente, no es nada nuevo― abre paisajes inmensos en tu interior. Cuando viajas recorres dos geografías, la del mundo y la de tu espíritu.

―Es conocida su afición a dibujar, tanto que forma parte intrínseca de su obra paisajística y geográfica en títulos como Casas de Segovia (Derviche, reed. 1974), Montañas dibujadas (Desnivel, 2011), Cuadernos de montaña (Desnivel, 2015) y Dibujos de campo. Excursiones con una caja de lápices (Desnivel, 2019). Sin embargo, comenzó realizando dibujos de humor para revistas.

―He gozado mucho dibujando. Es absorbente, es gratificante. En lo profesional es un método, en lo personal pertenece a un modo de ser. Hay en ello una parte estética indudable y hay también una forma peculiar de comunicación. Empecé por impulso propio muy pronto, siendo niño, con dedicación que derivaba de una agradable satisfacción a la que me entregaba durante horas para lograr algo sobre un papel. No había, claro, los medios ―pinceles, rotuladores, colores, láminas, etc.― que hoy están al alcance en unos grandes almacenes y no digamos en una tienda especializada, pero bastaba con un lápiz, una cuartilla y una goma de borrar. Cuando tenía trece años aprendí normas básicas de encajado y mancha en una academia de dibujo a la que acudía con vocación y soy deudor de aquella disciplina.

Luego, lo he llevado a mi modo y en razón de mis experiencias, unas más funcionales y otras más privadas. También en los viajes y particularmente en las montañas he dibujado bastante, porque permite captar y hasta interpretar a tu modo para luego plasmarlo en un apunte sobre el terreno. Teníamos la costumbre mi mujer y yo de ponernos juntos a dibujar paisajes al natural y luego enseñarnos lo que habíamos conseguido. Ella dibujaba muy bien, con sentido del color, más artístico y alegre.

Desde siempre he tendido a hacer dibujos humorísticos. En mis estudios reconstruía así escenas históricas o caricaturizaba a personajes. En los años sesenta tomaron un objetivo más estético, social y político, que formaron una colección de cuadernos personales con formato grande. Los vieron algunos amigos y me impulsaron a publicar en la prensa. Julián Marías, a quien considero uno de mis maestros y con quien trabajaba entonces en el Seminario de Humanidades, me introdujo en el Noticiero Universal, periódico de Barcelona, donde estuve varios años publicando «chistes» gráficos de carga crítica, hasta que cambiaron a su director. En el Colegio Mayor César Carlos, donde vivía en aquellos momentos, algún compañero metido en aventuras políticas y que conocía dichos álbumes y precedentes me incorporó para lo mismo a Cuadernos para el Diálogo, donde colaboré a plana completa y con viñetas con un objetivo igualmente crítico hasta que la democracia disipó por fortuna ese empeño, difícil siempre, con frecuencia arriesgado y que tantas veces podía parecer utópico. Había razones suficientes, no obstante, de dignidad civil para arrimar el hombro en procurar que se dieran las condiciones para tan justo cambio. Por diversas razones de supervivencia firmaba con un seudónimo, Layus.

Los libros que mencionas son de dos tipos, unos geográficos y uno solo de humor, y casi todos están relacionados con montañas, salvo el dedicado a Segovia. Mi tesis doctoral fue un estudio de geografía urbana de esta ciudad, dirigida por Manuel de Terán, mi otro maestro. La rotundidad de la morfología heredada de Segovia, en calles, plazas, casas, puertas, balcones, tejados, edificios nobles y religiosos, es de tal entidad que era necesario plasmarla. Me pareció que se transmitiría mejor mediante dibujos y así ilustré el trabajo con mis apuntes. Luego hice una selección que dio lugar a un libro (que se acaba de reeditar) sobre dichas casas, por barrios y arrabales, con comentarios breves. Cuando se publicó la parte histórica de la tesis, también se introdujeron esos dibujos como figuras acopladas al texto, jugando con las formas actuales heredadas y las referencias al pasado.

Por similares motivos, he dibujado muchas montañas. Este afán geográfico dio lugar a numerosos apuntes, en general a tinta china y algunos a la acuarela. A veces han acompañado a la publicación de mis investigaciones o de escritos de divulgación. Se me pidieron unos cuantos para una exposición en la sede de la Sociedad de Alpinismo Peñalara, de Madrid, en el año 2010, y ello me obligó a buscarlos, ordenarlos y seleccionarlos, pues los tenía extraviados en carpetas medio olvidadas. Conseguida tal recuperación, que era lo más complicado, no hubo problema para editarlos en un libro. Son dibujos estrictamente geográficos, documentos gráficos de trabajo.

Al mismo tiempo, mi vertiente humorista no me abandona en la vida personal. Al compás de numerosas excursiones, viajes y expediciones, en mis libretas de campo he ido dibujando los azares cotidianos con simpatía e ingenuidad en trazos de humor y caricatura. Un editor amigable me sugirió su publicación si hacía de nuevo en aquellos cuadernos de bolsillo una labor de búsqueda, selección y les daba el orden propio de un libro. Son la otra cara de los anteriores; reflejan lo que pasaba entretanto, la mirada alegre, la incidencia menor en el viaje, la amistad entre viajeros y naturalistas, rápidos croquis a veces extraídos entre anotaciones científicas tomadas igualmente en el terreno sobre glaciares, barrancas y bosques. Éste es mi libro más íntimo.

―Entonces llegó su descubrimiento de la montaña, que comenzó con modestos ascensos al Pirineo y, más tarde, al Sistema Central, ambas cordilleras fundamentales en su obra. ¿En qué momento alzó la vista por primera vez, se calzó las botas y subió al monte?

―Nací en Valladolid, tierra llana, en la provincia de España que no tiene una sola montaña. Pero, siendo niño, hicimos la familia una excursión al lago de Sanabria y creo que allí encontré, bajo Peña Trevinca, mi primera emoción ante una sierra real: el agua transparente, los torrentes espumosos, los robledos oscuros, los prados luminosos, la peña brava con neveros y unas cumbres próximas con tanta blancura que cegaban. Y la paz inmensa del inmenso paisaje. Como lector ya voraz, alimentaba también mi espíritu con multitud de novelas que me llevaban a selvas, ríos, llanos y montañas, espléndidos parajes remotos inalcanzables.

Ya en los cincuenta y viviendo en Zaragoza, fui al Pirineo, un día feliz, y también varias veces al Moncayo. El Moncayo fue una de mis primeras cumbres por encima de los dos mil metros. Y el pico Perdiguero, en el Valle de Benasque, la primera de tres mil. Luego subí a numerosas cimas pirenaicas, por supuesto al Perdido, al Viñemal o al Aneto, y más tarde iría aumentando la cota por el territorio nacional en el Mulhacén y el Teide, entre otras montañas. Sin embargo, el encuentro del Pirineo no puede compararse con nada. Fue en un invierno de los años cincuenta por el Valle de Tena y el del Aragón, en el que subimos al pico de la Raca entre ventiscas y creímos estar en el polo. En el albergue juvenil de El Pueyo de Jaca una conversación con unos montañeros veteranos que habían ido a los Ibones Azules me introdujo el fuerte deseo de alcanzar algún día aquellos lugares en la altitud, entonces remotos y prodigiosos. Pocos meses después, al mediar el decenio, un grupo pequeño de amigos realizamos una travesía por el monte desde Sallent de Gállego al Valle de Ordesa. Entré en aquellas sendas inexperto y salí montañero para el resto de mi vida.

Llevábamos una copia a tinta china en papel vegetal de un mapa francés, mochilas grandes con armadura, material de campaña, provisiones, utensilios de cocina, gorra de visera, jersey, pantalón corto, botas de baloncesto y un palo alto y afilado de buena madera. Subiendo hacia el collado de Brazato en fila india por los neveros, clavando bien el palo, juraría que vimos unas huellas de oso sobre la nieve, casi diría que como las del yeti de Tintín. Fue una emoción más entre tantas emociones. Luego se abrió el espectáculo ingente del Valle del Ara bajo nosotros. Descendimos por un escenario silencioso, retirado y solitario hacia paisajes más boscosos, más cercanos a pastoreos y majadas, hasta alcanzar una senda que nos llevó a Ordesa por desfiladeros. Allí recorrimos barrancos, escarpes, cascadas, fajas y badinas, prácticamente solos.

Volví en el siguiente invierno al circo donde está el embalse de Respomuso y oí el extraño gemido del hielo en el lago. Pronto llegué por fin a aquel rincón mágico de los Ibones Azules del que oí hablar a los curtidos montañeros en el Pueyo y que movió mi ánimo de exploración. Debo mucho, pues, a los riscos, las nieves, los lagos, los bosques, los torrentes y cascadas, a los pueblos, a las gentes, a la luz, a los sarrios, a las nubes, al viento, a la tormenta, a los prados con flores blancas, azules, rojas, amarillas, a los amigos de Aragón. Sin amigos no habría nada que contar, como tantas escaladas en aquellas montañas e incluso ciertas salidas tempranas a los Alpes o al Atlas.

Al estudiar la especialidad de la carrera en Madrid, tuve cerca el Guadarrama y, algo menos, Gredos. Más tarde, desde la Universidad de La Laguna, fue el Teide. Particularmente el macizo de Peñalara me recordaba al Pirineo. Sus aguazales de arroyos que cantan, las praderas, los bloques de rocas, las paredes como espejos de la luz de alta montaña, las formas glaciares, las lagunas grande y chica, el cielo zarco fueron un refugio muy querido, un trozo de Pirineo colgado sobre Madrid. Luego me enteré de lo mucho que se ha escrito y lo bueno que se ha pintado sobre esta sierra acogedora, elegante, lo que ensanchó mi horizonte más allá de la mirada juvenil a la montaña. La sierra fue, sobre todo, un asilo benéfico. Su personalidad marcada, el piornal aromático, los pinos susurrantes, hasta los truenos de verano forman parte de mí. Aprendí allí, además, las primeras nociones disciplinadas de geografía de montaña sin más maestro que la propia sierra.

Por eso el Guadarrama no es tampoco cualquier montaña para mí. Cuando me acerco a la sierra me viene una oleada de mutuo afecto. Porque, no sé si lo habrás notado alguna vez, puede existir ese vínculo en ambas direcciones entre un paisaje y tú.

―Efectivamente, la reciprocidad entre paisaje y espíritu de la que hablaba Unamuno y que usted suele citar. Incluso carga usted la suerte al añadir que el paisaje, y en particular la montaña, «es también un espacio moral».

―Sí. Soy muy unamuniano. Nuestra relación cultural con el paisaje fue enriquecida por la Generación del 98 y eso, a mi parecer por fortuna, es irreversible. O debería serlo. La tierra era para Unamuno algo esencial, cuna y tumba, según sus palabras. La relación con ella es, por tanto, existencial. Pero, además, entre ambas, del alba al ocaso de la vida, ésta se impregna de un sentimiento cordial de la naturaleza. La sustancia de tal actitud se puede encontrar para Unamuno en el refinamiento literario y así cita como expresiones suyas a Leopardi, Amiel, Senancour y Wordsworth, que traen con ellos sus paisajes y las emociones allí sentidas.

Mirar un panorama es, según Unamuno, no sólo contemplar sus formas sino también ver su interior. En expresión suya, por ejemplo, ver las almas de los árboles y de las colinas al tiempo que el observador vierte su alma en el paisaje. Decía Laín en sus comentarios sobre el 98 que por eso hay reciprocidad entre el contemplador y lo contemplado. Cuando uno comprueba a su alrededor tanto pragmatismo e incluso rapacidad en el territorio o tanta banalidad en sus usos, piensa cuánto más necesario es volver a las profundidades noventayochistas, también a las de Machado y Azorín, que son tan nuestras.

Para Unamuno esos paisajes son sobre todo la montaña rocosa, el desierto o el océano, como tales geográficamente y como metáforas y símbolos conceptuales de libertad, de infinito, de muerte e inmortalidad. Habría así un «ánima» geográfica sobre la que se construye el espíritu en un diálogo y una conexión entre las cumbres de la sierra o las llanuras de la meseta y las del alma. Pero también es unamuniano el sentido otorgado a los campos y a las viejas ciudades, a su misma quietud, en los que se aprende intrahistoria y sus ensueños.

En este sentido, la montaña, entre otros parajes, no es sólo un espacio físico, sino moral. Cuando los paisajes no se imponen tenemos una relación con ellos en libertad y ésta requiere responsabilidad, que se ejerce mediante un cierto estilo cultural y sobre todo con actitudes éticas. Quiero decir que, más allá de la consideración de la montaña como un espacio natural o utilitario o sólo como terreno productivo o improductivo, hay una honda necesidad de entenderla como espacio moral. Primero, hay que dejarla que se exprese, concederle tiempo para ello. Establecer conexión con lo que es, actuar con toda la lentitud que requieren los paisajes donde domina la naturaleza, darle la oportunidad de hablarnos, darnos tiempo para aprender su lenguaje. Si actúas de modo ético con ella, la montaña también te proporcionará un beneficio moral. Hay que saber ―como decía el geógrafo Reclus― formar parte de la borrasca. Es decir, hay que guardar esos valores del espacio moral por sus mismas calidades y para que sus calmas reviertan en beneficio espiritual. Porque sólo la montaña es pródiga en esta sustancia si la dejas expresarse tal como es.

Y además, ni siquiera la ciencia entiende ni comunica todo. He dedicado a las montañas toda la ciencia que estaba a mi alcance a lo largo de años, pero hay un sentido de las cosas que no se alcanza de este modo. Ese fondo es un misterio, el misterio de la montaña en este caso. Habría que atenderlo también. Pero, como tal misterio, su esencia es ser inaprensible y hay que aceptarlo así. Hay, simplemente, que dejarlo ser.

―Otro pensador español, Ortega y Gasset, fundador de la Revista de Occidente, también dedicó en su obra algunas páginas al concepto de paisaje. ¿Fue Ortega el primero en establecer la diferenciación filosófica entre geografía y paisaje?

―Ortega conocía críticamente, por ejemplo, la obra del célebre geógrafo alemán Friedrich Ratzel, de pensamiento determinista, y mantuvo buena relación personal e intelectual con el geógrafo español Juan Dantín, el más informado y metódico aquí en su momento. Además, era aficionado a los libros de viajes, le gustaba salir de excursión con Baroja, Dantín y otros, y, sobre todo, meditó con acierto ante los paisajes.

Como entonces la geografía española carecía de aparato teórico, líneas que estaban en cambio bien desarrolladas en las escuelas centroeuropeas o en la francesa, estas reflexiones sirvieron entre nosotros para que Ortega aparezca, de hecho, aunque él no lo pretendiera, como el primer pensador de las bases reflexivas de la geografía moderna española. Sus ideas de contraposición entre medio y paisaje son, por otro lado, de valor general. Se trataba de deshacer el nudo entre determinismo y posibilismo o entre el peso en los hechos geográficos de la naturaleza, anclado en el medio, y el de la historia, expresado mediante el paisaje.

Si puedo servir de ejemplo, yo leí antes a Ortega que a los geógrafos teóricos. Ortega estaba en el pensamiento general, con su profundidad de contenido y su conocida brillantez de expresión, mientras los otros, los profesionales estrictos, se escondían aún, esperando mi posterior entrada en la especialidad. Así que llegué a ellos con unas cuantas lecciones aprendidas.

El paisaje fue entendido por Ortega como manifestación visible del territorio, desde las rocas del Guadarrama a sus colores otoñales, es decir, de sus componentes objetivos ―como quería Giner de los Ríos―, pero también incluyendo en él el diálogo de las sensaciones con tales elementos. Por eso el paisaje aparece como una proyección de quien lo mira, depende también del observador.

Pero, respecto a la pregunta, Ortega hace su crítica referida sobre todo al concepto de «milieu» o «medio» tal como lo manejó Taine. Para salvar este precepto impositivo, Ortega piensa que la peculiaridad de los pueblos se debe a una «correspondencia» entre el territorio y sus habitantes. Y la civilización consistiría en la superación de lo natural por lo histórico mediante la aplicación de la libertad. En suma, en palabras de Ortega, cito de memoria, «el medio, al convertirse para mí en circunstancia, se hizo paisaje». Aquí reaparece, pues, la conocida «circunstancia» orteguiana, que por cierto nació en contacto directo con la realidad geográfica, en una excursión por los robledos de El Escorial. Con ello, la geografía teórica enlaza con las bases fundamentales del pensamiento orteguiano: el paisaje, parte de la «circunstancia», no es una imposición sino una elección. Es mi mirada, entendida como interpretación cultural, la que vuelve paisaje lo que sin ella sería sólo territorio. Y, a su vez, la circunstancia es parte del yo, lo que puede aplicarse, reducido a idea geográfica, a que estamos también constituidos de paisaje.

Por eso decía Ortega que el paisaje es pedagogo. Ante todo, porque, de diversos modos, es educador. Enseña sobre todo virtud. Por esta cualidad el filósofo se expresó tantas veces mediante paisajes, por ejemplo con los de La Herrería o del Manzanares, de modo que Ortega utilizó también los lugares, la geografía, como símbolos en la elaboración y exposición de teorías. En fin, si el paisaje fue para Ortega una metáfora para expresar la doctrina, esa misma doctrina nos sirve a los geógrafos para la explicación del paisaje.

Y, siguiendo sus pasos, resulta que el Guadarrama acaba por ser el paisaje maestro. Este guadarramismo filosófico y pedagógico tiene, como vemos, mucho de temple institucionista.

Así que, en cualquier caso, olvidemos el medio en nuestro vocabulario y, en sustitución, digamos paisaje. Será ―orteguianamente― un acto pleno de civilización y de libertad. De esto también estamos hechos.

―No sólo Ortega tiene una estrecha vinculación con la Sierra de Guadarrama, usted también ha confesado que le profesa especial cariño, en particular a La Pedriza y a Peñalara. Es, además, miembro del patronato del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y ha sido director del Plan de Ordenación de Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama (sector de Madrid) entre 2003 y 2006. ¿Qué tiene la Sierra de Guadarrama que la distingue entre las demás?

―El marcado volumen de la Sierra, en contraste con los llanos circundantes, ha permitido que en su interior se situasen y se guardasen a lo largo del tiempo paisajes apartados y valiosos de dominio natural, con riscos graníticos como La Pedriza, circos glaciares en Peñalara, cumbres en tendidos cordales, lagunas, torrentes, bosques, matorrales, prados y fauna bastante asombrosa, preservados todos en la altura. Esos componentes resumen rasgos fundamentales de la geografía física peninsular, los continentales, mediterráneos y atlánticos, con particular belleza, estilo propio guadarrameño y calidades naturales apreciables, por lo que son a la vez originales y bien representativos de la montaña interior española.

Por otra parte, sus laderas en general suaves y la fácil penetrabilidad de sus valles han dado lugar a un aprovechamiento y a un poblamiento tradicionales. La piedra, la madera, el pasto, el agua, el aire puro han sido recursos mantenidos y han remodelado sus terrazgos y pueblos, lo que añade complementariamente a los aspectos de interés naturalista un rostro humano muy característico en valles y faldas.

Incluso la duradera cercanía de la corte y el trasiego desde antiguo por los puertos serranos han incrementado con elementos muy particulares los rasgos de ese rostro, entre otros con rutas de primera importancia y con instalaciones de carácter monumental. A veces lo añadido contrasta con los perfiles de la montaña, como en La Granja, pero en otros se funde con la naturaleza y así decía Unamuno que el castillo de Manzanares parece una pedriza de los hombres, mientras los próximos riscos graníticos se asemejan a castillos de la naturaleza. José Ortega se refería también a El Escorial como «piedra edificada».

La proximidad de la Sierra a Segovia y Madrid, pero sobre todo a la capital, ha hecho de ella un campo de vivencias y experiencias del mundo científico, del cultural y del artístico asentado en esas ciudades, de modo que el Guadarrama ha estado, sobre todo desde finales del siglo XIX, muy cerca de estas miradas que encontraron en el monte belleza, retiro y sosiego. Todo lo cual se sintetiza en el «Guadarrama, viejo amigo» de Machado. De esta manera, la Sierra reúne naturaleza, legados de la historia, cultura y arte como pocas montañas españolas.

Es absolutamente evidente que había que proteger tal legado conjunto. Y también lo es que, para ello, por su carácter más que local y por sus elevadas calidades, esa protección debería tener el mayor rango posible en nuestras normas, haciendo referencia a ese símbolo suprarregional. La figura idónea para un caso así que tenemos prevista en España desde 1916 es la de Parques Nacionales. Y la idea de incluir a esta montaña en ese nivel y tipo de protección venía expresándose desde 1923.

Al ingresar el Guadarrama en la Red actual que enlaza todos los Parques Nacionales en el espacio peninsular, aparte de los insulares, mejoraría además no sólo el contenido natural de dicha Red sino su mapa general, carente hasta entonces de una montaña interior. Hicimos concienzudamente el estudio pertinente que, al concluir, confirmó estos presupuestos, lo que permitió el paso a la propuesta formal de esa declaración. A partir de ese momento, el proceso tomó carácter político, que como es habitual fue más bien turbulento, hasta que al fin se logró la conservación indispensable y, tras la galerna, la nave entró en puerto. El Guadarrama está así donde debe estar.

Hay un aspecto sobre el que me parece obligado insistir: los significados de los paisajes, que tan profundamente actúan en los hombres. En este sentido, la Sierra de Guadarrama está llena de signos. Si ciertamente hubo un tiempo en el que en el entendimiento de la Sierra predominó su carácter de obstáculo, peligro y cazadero, o bien sólo el de labrantío, aserradero, dehesa y ganado, a este panorama sucedió otro, en el cual aún estamos, que se abre en 1886 cuando Giner de los Ríos, contemplando el atardecer en Siete Picos desde el alto de las Guarramillas, escribe: «no recuerdo haber sentido nunca una impresión de recogimiento más profunda, más grande, más solemne, más verdaderamente religiosa». Es en los lugares de «excelente silencio» ―añadirá Ortega en El Escorial― donde «oímos el martilleo de nuestro corazón».

―Durante décadas, usted formó parte de la lucha por conseguir para la Sierra de Guadarrama la distinción de Parque Nacional, que finalmente obtuvo en 2013. ¿Cree la extensión de casi 34.000 hectáreas declarada Parque Nacional es protección suficiente para el Guadarrama?

―El Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama está destinado a una ampliación, esencialmente por sus áreas boscosas de las cabeceras de los ríos Eresma y Lozoya, ambas excelentes (Valsaín y el Pinar de los Belgas), que dotan a la Sierra de espacios forestales magníficos y que es de toda lógica que se incorporen al Parque Nacional. También la ampliación deberá atender otros lugares de sus límites, para perfeccionar el trazado de éstos y para incluir segmentos ahora periféricos al Parque que deberían estar integrados en él, porque requieren protección, porque mejorarían al propio Parque y porque lo pide la lógica geográfica. En su momento había que dejar nacer al Parque. Ya se logró. Lo importante era su núcleo, adaptado a la orografía en forma de ancla y más valía que entrara con defectos corregibles a que no entrara. Asentado el Parque, hay constantemente que seguir atentos a su mejora, que tiene muchos aspectos, no sólo los rutinarios sino otros, como los de crecimiento o incluso de conceptos.

El Parque tiene 33.960 ha. estrictas de superficie. Pero posee, en un añadido como régimen jurídico especial, otras 7.011 ha. de los montes de Valsaín. Éstas no pudieron entrar en la catalogación como Parque por sus extracciones madereras, que son incompatibles en esta categoría, lo que dio lugar a dicho régimen; pero, en realidad, este estado de cosas las convierte en Parque a efectos generales de conservación. Es decir que tendríamos un total de 40.971 ha. Las superficies de los distintos Parques Nacionales españoles han venido dadas por circunstancias históricas diversas más que por coherencia rigurosa con los hechos territoriales. Así, nuestro Parque Nacional más extenso es el de Sierra Nevada con 85.883 ha. y el más pequeño el de Las Tablas de Daimiel, con sólo 3.030 ha., lo que indica una variedad de cifras notable.

El Parque del Guadarrama se coloca, por tanto, en una dimensión media, pero por ejemplo bastante superior al pirenaico de Ordesa que únicamente alcanza las 15.608 ha. En todo caso, la muy conveniente inserción de la cabecera del río Lozoya en el Parque, que por ahora tropieza con su propiedad privada y su aprovechamiento forestal, es prioritaria. O debería serlo. Hubo una opción de compra de la propiedad, o bien por el Estado o por la Autonomía, lo que hubiera solucionado esta cuestión, pero no se llegó a nada. Es algo, pues, que sigue abierto.

Un Parque no es un tema cerrado. Ningún lugar, ningún paisaje lo es porque las realidades geográficas fluyen en el tiempo y, si no hay cambios, no hay vida. Un Parque Nacional es un concepto riguroso, exigente, y a la vez necesita ser flexible. Su territorio debe ser coherente a diversas escalas: en sí mismo como conjunto, en sus detalles, en relación con su entorno comarcal o regional, pues pertenece a él, y como eslabón en la cadena de la red de todos los parques de la nación. Un Parque es también un ente económico en relación física con lo circundante, en conexión con los habitantes del entorno y por cuantía de su presupuesto, realidades que siempre complican las posibles variaciones y reajustes de un cambio. Al estar gestionado por las comunidades autónomas obedece también en no pequeña medida a los criterios de sus gobernantes. Pero todo crecimiento conlleva sus problemas, que hay que ir resolviendo si no queremos quedarnos conformes con lo que nos parece insuficiente. A lo que todos aspiramos es a que, una vez salvado lo fundamental de la Sierra, entre en ese esquema todo lo que lo merece y, con ello, el Parque sea incluso mejor de lo que ya es. Y eso afecta a la inclusión en él, sin la menor duda, de la cabecera del Lozoya.

―Ha sido corresponsal para España del World Glacier Monitoring System (Servicio Mundial de Monitorización de Glaciares), ha presidido la sección española del Comité Científico para la Investigación en la Antártida y ha ejercido como asesor geográfico de documentales televisivos sobre el Polo Norte, las cordilleras del Himalaya, del Karakórum y del Transhimalaya, y los desiertos de Gobi, de Libia y de Taklamakán, entre otros destinos remotos. ¿Cuáles son hoy los confines que nos quedan intactos todavía?

―Hasta hace poco los confines de la Tierra se referían solamente a su carácter geográfico. Porque existían y eran numerosos por el planeta. Hasta 1953 no se llegó con certeza a la cumbre del Everest, que era el confín no hollado por excelencia en la máxima altitud, y hasta 1950 no se había ascendido a ningún pico de 8.000 metros. Poco antes había muchas cumbres que se tenían por inaccesibles, selvas no transitadas o que se consideraban impenetrables, cuevas desconocidas o inexploradas, cañones gigantescos como el asiático del Yarlung Tsangpó que nadie había atravesado, amplísimas regiones antárticas sin referencias. Hasta el siglo XX no se habían alcanzado los polos, lo que es particularmente significativo.

 Pero, incluso, no tan lejos había lugares que guardaban un reflejo del mismo sabor de lo remoto o infrecuentado. Había los confines lejanos y los próximos. De todos modos, hablo desde mi perspectiva europea, pues esta tensión espacial depende de la posición del observador: para un esquimal obviamente lo próximo es el Ártico y lo lejano, por ejemplo, la Puerta del Sol. Y miro el mundo desde una Europa que hacía mapas, ingresando con ello en el control intelectual de la geografía, paso a paso, las tierras ignotas. Aun así, persistían confines en el siglo pasado en nuestro mismo entorno, en sierras como los Ancares, las Hurdes y hasta en el Guadarrama.

El mundo de Ulises, lleno de prodigios, misterios y lejanías, era en realidad constreñido. El jardín de Europa estuvo cerrado sobre sí mismo, rodeado por un cinturón de regiones físicas hostiles y desconocidas hasta los espaciados desvelamientos de Marco Polo, Colón y otros viajeros, con el océano tenebroso al oeste, los hielos boreales al norte y los desiertos al este y al sur cerrando el paso. Antes de desbordar tales límites, ¿qué podía haber más allá? Tierras míticas o quizá nada. Tal vez el océano inmenso que rodeaba una Tierra tripartita compuesta por Europa, Asia y el norte de África. Cada lugar, cada civilización y cada etapa histórica tienen así sus propios confines y sería muy apetecible entrar en sus definiciones, pero lo dejamos sólo enunciado porque probablemente requerirían no una respuesta sino un libro.

Quedan confines en el primer cuarto del siglo XXI, pero pocos, progresivamente alejados y hasta borrados en el avance del control humano de todos los espacios terrestres. Control geográfico y control de dominio. El concepto de exploración, de este modo, ha cambiado. Hasta se ha vuelto deportivo. También lo ha hecho la peregrinación religiosa a Santiago, que fue un confín. Yo he visto volverse turísticos lugares que eran confines cuando los visité por primera vez, en la Patagonia, por ejemplo, no digamos en el Pirineo. Pero hay todavía corazones del desierto desolados, cumbres heladas, plataformas polares vacías, barrancos sin paso, donde la Tierra guarda sus viejas señas del lugar perdido que puede exigir hasta el tributo de la muerte a quien los visita. Pero aquel inmenso desierto de Théodore Monod, entendido todo él como un gran templo natural, sólo existe ya en sus libros. Hay mucha aventura, exploración y literatura del confín, hasta hace poco necesarias, que ahora no se pueden dar.

Lo que nos queda es de otro orden. No depende de la realidad geográfica, sino de nosotros. De nuestro espíritu de busca del confín y de nuestra voluntad de preservarlo. Sigo los preceptos de Herman Melville del buen viajero: lo recomendable es descubrir horizontes, explorar ideas nuevas, romper con los viejos prejuicios y abrir el corazón y el espíritu. El confín, si perdura, debe salir de esta actitud ante el mundo. Y, con ella, de un modo de pensar y plantear el viaje. Tendremos sólo los confines que elijamos y los que reservemos.

Por un lado, el confín se ha de buscar, debe ser un objetivo seleccionado para el respeto a las calidades originales de la naturaleza. Pero, sobre todo, por otro, es imprescindible que, ante la próxima expulsión de los últimos confines de la superficie de la Tierra, hagamos un acto de reserva material de los que aún resisten para que queden como tales y tal acción hay que llevarla a cabo a escala global. Si persisten y se reanudan los mecanismos de control del espacio terrestre hasta su último rincón con la potencia anterior al episodio letal de la pandemia, en unos años sólo nos quedarán los confines que logremos preservar. Si no es así, borraremos ese concepto de nuestra esfera y lo pasaremos a los demás planetas y a los satélites del sistema solar hasta que iniciemos en ellos la misma apropiación que hemos venido haciendo en casa propia.

―El artista francés Samivel dijo ―y usted lo ha citado en su obra― que un mundo sin confines, sin espacios vírgenes, se haría «mentalmente inhabitable». ¿Por qué?

―Soy devoto de Samivel. Por sus dibujos y por sus escritos. También rodó documentales de naturaleza. Tomó su nombre prestado de un simpático personaje de Dickens. Lo leí muy joven, cuando empezaba a ir a las montañas y me influyeron sus ideas limpias, gocé en sus páginas alegres en las que sentía expresados mis sentimientos. No he dejado de frecuentarlo y sigo disfrutando con su aportación a la cultura de la naturaleza.

Escribió ya en 1967 una novela muy crítica sobre la irrupción en un valle perdido de los Alpes de la industria voraz del turismo de invierno, la pérdida de sus calidades y el impacto moralmente negativo en sus habitantes. Allí aprendimos tempranamente lo que también llegaría poco después a nuestras montañas. Tiene relatos cortos literariamente perfectos y dibujos de humor del mundo de cristal de las cumbres que, con estilo muy definido, han modificado nuestro modo de ver el paisaje descubriendo en él gamas y luces que ahora llamamos «samivelianas». Samivel es, pues, un acontecimiento en el arte alpino sin el cual no hay entendimiento serio de las montañas, al menos desde nuestra perspectiva cultural.

Conoció una montaña sin profanar y asistió a su sacrificio, aquí y allá, en aras del provecho. La añoró donde se padecieron esas transformaciones, porque su pérdida fue lamentable en términos cualitativos, y expuso tanto el proceso de tales cambios como los sentimientos provocados por ellos en los amantes de la naturaleza. En los amantes de la soledad, del sosiego, de un mundo retirado y bello, sin perturbaciones ni prisas ni artefactos ni muchedumbres.

Hay un punto en el que, al estar en la naturaleza, puedes pasar a ser naturaleza, formar parte de ella como un elemento más y participar desde dentro en su constitución y en su ánima. El observador desde fuera se convierte entonces en un componente del cuadro. Con el arroyo, con el prado, con la piedra, con el ave. Es un hermanamiento muy franciscano. Experimentarlo, ser parte del paisaje, es una dimensión superior. Al beber el agua del manantial estás bebiendo la montaña, sus tormentas, sus nevadas antiguas, sus minerales y hasta su espíritu. Eres montaña. Afín a las piedras y a los bosques, prolongación de sus fenómenos y de sus leyes. Un regreso a la tierra, a su lentitud, a una especie de complicidad perdida con la materia y la vida.

Si estás en ese punto, entenderás mejor el sentido y la hondura de la expresión de Samivel. Lo que significan esa pérdida y esa añoranza del cuadro que permite tales vivencias. En este sentido, perder la Tierra tal como es espontáneamente acaba por ser, además de un daño físico en sí mismo y de un riesgo ecológico con impensables secuelas, un naufragio mental, cultural, existencial. Por eso decía Samivel que el desierto es una necesidad social, aunque sea sólo como referencia de que, en alguna parte, todavía está ahí. Para haber pasado de verdad por este mundo hay que haber estado a solas, a cuerpo limpio, con él. Es, por un lado, una decisión personal, pero, por otro, es una posibilidad que no debería faltarnos. Si llenamos todo de artificios ¿dónde encontraremos la honda acogida del desierto?, ¿dónde residirá entonces la grandeza? 

―Usted ha asegurado que en estos confines ha experimentado los más altos sentimientos que la vida puede ofrecer: el asombro, la belleza, la muerte agazapada, la esencia, el orden cósmico. Si del paisaje próximo no podemos separar su componente personal y emocional ―de la que ya hemos hablado―, ¿podemos separar del confín su componente mística?

―Hay grandes alegorías literarias de poetas y místicos que usan la ascensión a la montaña para mostrar su unión con Dios, como es el caso de Dante o de san Juan de la Cruz. Tal vez porque esa ascensión original, hecha símbolo, puede presentar aspectos espirituales elevados. No todo deriva, claro está, del espectáculo, sino también del espectador. Cada lectura de un libro no depende del autor, sino del lector. Pero si no hay montaña de categoría ni libro de calidad, no hay verdadera ascensión que pueda ser mística ni auténtica lectura que alcance a dar satisfacción. También es cierto que, cuando los encuentras, la experiencia puede ser mayor o menor en razón de la intensidad de tus vivencias y de la hondura de tus pensamientos. En una novela americana se contaba que un escalador sin dos dedos de frente subía a una montaña y cuando le preguntaban qué había sentido en la cumbre contestaba que sólo frío en los pies. Thoreau anotaba que, si un político sube a un monte con lo peor de su mentalidad, sólo apreciará su propia sombra arrojada sobre las nubes. Unamuno preguntaba de qué vale tener la montaña más alta cerca de donde vives si no tienes una montaña de pensamientos en tu corazón.

Los lugares no son, por tanto, únicamente piezas de un mapa aséptico ni componentes de juegos estratégicos o territorios explotables, sino que contienen referencias mayores de otro orden. Si el lugar es bello, incluso sublime, si ha sido pintado o cantado o posee referencias históricas o contiene bienes patrimoniales o es asiento de calidades culturales o incluso si ha dado lugar a experiencias existenciales, adquiere lógicamente mayor profundidad que si carece de todo ello. Pero cualquier lugar puede ser, con tal de que no lo hayan destrozado, fuente de inspiración y de experiencias profundas. Toda roca es hontanar, decía Ortega. De cualquier lugar puede surgir el agua milagrosa. Lo malo es cuando esos destrozos impiden definitivamente la posibilidad de que mane en relación con ellos una idea noble. El paisaje es educador, de buena y mala educación. Esto abre un capítulo de responsabilidades con el paisaje.

Pero, pongámonos en confines como los descritos en la pregunta. Por ejemplo, la Antártida, las montañas de Alaska, un valle alto del Karakórum, un risco de arenisca en las profundidades del Sáhara, la costa patagónica, una isla vacía, un volcán… y tantos otros. Lugares formidables todos ellos. Allí perdura la Tierra. No la originaria, porque el tiempo muda la naturaleza, tampoco imperturbable porque puede ser alterada. Decía Azorín que iba al campo a buscar «seguridad en el sosiego»: ahora casi todo sosiego está amenazado a no ser que lo protejamos.

Lo que está en juego es muy importante, ese desierto necesario en alguna parte, la naturaleza en su esplendor, la posibilidad de su conocimiento y experiencia, el lugar fuerte y, en lo que estamos ahora, el hontanar de un sentimiento elevado, educador. Incluso místico si alcanza referencias mayores. Por eso decía antes que, frente al barrido progresivo de los últimos confines, tendremos que crearlos, que hacer confines voluntariamente, deteniendo el proceso sistemático de su desaparición con el uso de geografías que los definan y de leyes que los guarden. Nos estamos jugando un planeta provisto o desprovisto de grandeza y hasta puede quedar malparada la potencialidad cultural de ese estado místico tan peculiar que sólo proviene de una comunicación con una naturaleza sin engaños.

―En los últimos años ha surgido un nuevo movimiento ecologista de concienciación global que cuenta con el apoyo de la opinión pública y, aparentemente, de las altas esferas de poder político y económico. Usted habla en su obra de la excesiva perspectiva ambientalista en los programas políticos referidos al paisaje en detrimento de una actuación más paisajista. En tal caso, ¿cree que este repunte ecologista global es un aliado o un arma de doble filo?

―En mi opinión, en las cosas mundanas, la doctrina no debe sustituir a la inteligencia ni la regla a la libertad. El dominio de la doctrina acaba con la inteligencia, aunque repito que hablo sólo de las cosas mundanas. Como creo que se ve, yo soy más partidario de la inteligencia libre que de la doctrina reglada. Y esto, que es general, podemos aplicarlo ahora al medio ambiente.

He visto demasiada doctrina y escaso talento en ese ambientalismo reciente que se manifiesta como una moda, se predica acríticamente en los medios y se celebra en cierta política, con líderes irritados poco fiables, no precisamente inteligentes.

Medio es un término que antes debatimos, hablando de Ortega, y encierra una buena dosis de biologismo que no debería sobrepasar sus estrictos límites, de modo que cuando entra en lo social y cultural hay que tomarlo con precaución. Estamos en tiempos donde la conciencia medioambiental ha llegado, por ahora, a su máxima expresión y difusión, al tiempo que el medio ambiente terrestre ha experimentado también el máximo de agresividad o de eficacia de esa agresividad por parte de los seres humanos.

Medio ambiente y paisaje son cuestiones claramente enlazables, pero hay que diferenciarlas. El paisaje es la misma idea de unidad y el mismo concepto de armonía en la superficie de la Tierra. Sin embargo, no es nada raro ver hoy paisajes progresivos en economía y regresivos en cultura. Como si fueran excluyentes, cuando en realidad casi siempre se puede lograr un equilibrio. También es necesaria una protección de los paisajes. Hay tres fases o niveles en la profundización moral de la preservación de los paisajes. Primero se estima la conservación como salvaguarda de un recurso; luego se logra una actitud desinteresada en la protección; y finalmente, a veces, se alcanza una ética de dignidad. Pero, sorprendentemente, entre los factores que pueden dañar los paisajes también está la acción medioambiental.

Con frecuencia observo incluso que teorías y prácticas presuntamente medioambientales o desdeñan sus efectos en el paisaje o practican sus daños propios con cierta fruición. Se me ocurren sobre la marcha los basureros regionales, la multiplicación de contenedores de residuos en lugares de calidad urbanos, rurales y naturales, los equipamientos del turismo verde, los parques de aerogeneradores y de placas solares, las quimeras proteccionistas más o menos abstractas, la polarización de la idea de conservación en ciertas especies, los cortafuegos y pistas forestales, las cortas de árboles añosos, las instalaciones de depuradoras, desaladoras, canales, la liviandad de las declaraciones de impacto ambiental y otras cosas más. En estos momentos la más notoria afección en los paisajes españoles procedente de acciones que presumen de benéficas para el medio ambiente son los innumerables aerogeneradores esparcidos por colinas y sierras. Hasta para conocer el clima se han instalado grandes aparatos en algún lugar natural protegido, con resultados claramente lesivos para sus paisajes, tolerados sólo por considerarse de interés medioambiental donde no se toleraría nada parecido procedente de distinto origen. Antes se solía decir que está mal que los caníbales se coman a los misioneros, pero que es mucho peor que sean los misioneros quienes se comen a los caníbales.

Las abstracciones ideológicas y su politización han conducido también el medioambientalismo a horizontes impensables hace unos años. No sólo se ha extendido positivamente una posición defensiva del medio, aunque todavía de la primera fase que antes mencionaba, sino que se ha inscrito en una corriente. Cuando en los setenta defendíamos a un urogallo en el frío del alba de la montaña cantábrica de un cazador de alto rango teníamos más ideales que ideología. Nos movían convicciones y decisiones personales fundadas en el conocimiento y en la conciencia. No sé si una moda juvenil puede calificarse de lo mismo.

«El victimismo como cristianismo 2.0» (El Español)

Nueva Tribuna en El Español. Sobre la condición de víctima y su prestigio ascendente en los últimos tiempos, en la que me pregunto si estas experiencias colectivas no serán más que sustitutos de una espiritualidad perdida.

El texto puede leerse aquí: «El victimismo como cristianismo 2.0» (El Español, 23/02/2018).